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miércoles, octubre 28, 2026
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¿Y es mentira? ¿Puede la experiencia de Bukele devolverle la paz a Haití?

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Por: Junior Henríquez | InfoENN – El Nuevo Norte

Lo que ayer sembraba el terror en El Salvador hoy mantiene de rodillas a buena parte de Haití. Cambian los nombres de las organizaciones criminales, cambian las fronteras y cambian sus cabecillas, pero el método es prácticamente el mismo: controlar territorios, cobrar por circular, extorsionar a comerciantes, imponer sus propias reglas y convertir la violencia en una herramienta de poder.

Las maras salvadoreñas llegaron a comportarse como un Estado dentro del Estado. Las pandillas haitianas han llevado esa misma lógica criminal a niveles devastadores, paralizando comunidades, desplazando familias y desafiando abiertamente a las autoridades.

Pero hay una diferencia que no podemos ignorar: en El Salvador, el Estado consiguió recuperar buena parte del territorio que antes estaba sometido a las maras. En Haití, esa batalla todavía está pendiente.

Y aquí surge una pregunta que merece una respuesta seria, sin prejuicios ni apasionamientos: si Nayib Bukele logró debilitar estructuras criminales que durante décadas parecían invencibles, ¿por qué Haití no podría aprovechar parte de esa experiencia para recuperar su seguridad?

Mi respuesta es clara: sí puede. Pero no basta con enviar soldados, capturar pandilleros o recuperar calles. Hay que devolverle al Estado haitiano la capacidad de gobernar y proteger a su propia población.

El Salvador logró reducir drásticamente los homicidios y debilitar el control territorial de las maras bajo el gobierno de Bukele. Esos resultados merecen estudiarse, sin desconocer las denuncias de detenciones arbitrarias, abusos y vulneraciones al debido proceso que también han acompañado su estrategia de seguridad.

Haití enfrenta una realidad más compleja. Sus pandillas no solo controlan barrios y carreteras; también han debilitado la actividad económica, desplazado familias y obstaculizado el funcionamiento de instituciones esenciales. Por eso, ninguna intervención militar extranjera, por efectiva que sea, podrá garantizar una paz duradera si no se reconstruye simultáneamente la capacidad del Estado haitiano.

Y aquí está, a mi juicio, una de las claves que puede determinar el éxito o el fracaso de cualquier operación internacional: incorporar a los propios haitianos a la solución.

Mi propuesta es concreta: identificar, investigar rigurosamente, capacitar e incorporar a ciudadanos haitianos confiables a las operaciones de seguridad, trabajando de manera coordinada con la Policía Nacional de Haití y las fuerzas internacionales.

Estos ciudadanos deben conocer sus comunidades, comprender la realidad de sus territorios y demostrar un compromiso auténtico con la recuperación de su país. Su participación, bajo supervisión institucional y controles estrictos de integridad, permitiría mejorar la inteligencia, identificar estructuras criminales y reducir el riesgo de infiltración de las pandillas.

No se trata de formar grupos armados improvisados ni de entregar autoridad a personas sin preparación. Se trata de fortalecer las instituciones legítimas de Haití con personal capacitado, sometido a la ley y comprometido con la protección de la población.

La Fuerza de Supresión de Pandillas y los países que participan en los esfuerzos internacionales tienen una oportunidad importante: contribuir a recuperar los territorios dominados por las bandas y, al mismo tiempo, ayudar a preparar a las fuerzas haitianas para que puedan mantener la seguridad cuando termine la intervención extranjera.

Sin embargo, recuperar las calles será apenas el comienzo. Haití también necesita tribunales que funcionen, instituciones libres de corrupción, escuelas abiertas, hospitales operativos y oportunidades para una juventud que durante demasiado tiempo ha quedado expuesta al reclutamiento criminal.

La paz no puede depender permanentemente de soldados extranjeros. Debe descansar sobre instituciones haitianas capaces de defenderla.

Y existe un objetivo todavía mayor: crear las condiciones para celebrar elecciones libres, democráticas y seguras. Ningún pueblo puede ejercer plenamente su soberanía cuando grupos armados deciden quién entra a una comunidad, quién trabaja, quién comercia o quién puede acudir a votar.

La experiencia salvadoreña demuestra que es posible reducir considerablemente el poder de organizaciones criminales que durante años parecían intocables. Pero Haití no necesita una copia exacta de ese modelo, sino aprovechar sus enseñanzas, corregir sus riesgos y adaptarlas a una realidad institucional y social distinta.

El éxito de una estrategia internacional no debería medirse únicamente por la cantidad de pandilleros detenidos o territorios recuperados, sino por la capacidad de los haitianos para volver a vivir sin miedo, trabajar, educar a sus hijos y decidir democráticamente su futuro.

Porque la verdadera victoria en Haití no será solamente derrotar a las pandillas. Será devolverles a los haitianos el control de su país, la tranquilidad de sus hogares y el derecho a elegir libremente a sus gobernantes.

¿Y es mentira?