Por: Junior Henríquez | InfoENN – El Nuevo Norte
Hay hechos que trascienden la crónica policial porque dejan una enseñanza difícil de ignorar. El caso del merenguero Gilberto Julián Sarante Perdomo, “Julián Oro Duro”, cuya esposa Zeneida Socorro Castillo perdió la vida y él resultó herido dentro de su residencia, es uno de ellos.
De acuerdo con las informaciones divulgadas por las autoridades durante la investigación, algunos de los principales señalados mantenían vínculos previos de trabajo y confianza con el artista y su familia. Uno de ellos había realizado trabajos en propiedades del cantante, tenía conocimiento de la vivienda y había tenido acceso al entorno familiar. Es precisamente ese elemento el que convierte este caso en una advertencia que va mucho más allá de la delincuencia común en las calles.
Cuando el peligro viene de afuera, la sociedad reclama patrullaje, cámaras, iluminación, respuesta policial y mayores controles. Pero cuando quien representa el riesgo conoce tu casa, tus horarios, tus movimientos, tus pertenencias y hasta tus vulnerabilidades, la capacidad preventiva de cualquier cuerpo policial tiene límites.
Ninguna patrulla puede permanecer dentro de cada hogar. Ningún agente puede escoger por nosotros quién entra a nuestra casa, quién conoce nuestras rutinas o quién recibe nuestra confianza.
Y aquí aparece otro aspecto que merece reflexión.
En los últimos días hemos visto cómo este caso, al igual que otros hechos violentos ocurridos en el país, ha sido utilizado por algunas voces para proyectar la idea de que “la delincuencia gobierna en República Dominicana”, como si cada tragedia individual demostrara por sí sola que todo el país está fuera de control.
Ese tipo de generalización tampoco ayuda.
La delincuencia existe y debe enfrentarse con firmeza. Las autoridades tienen la obligación de prevenir, investigar y perseguir cada hecho criminal, y la ciudadanía tiene todo el derecho de exigir resultados. Pero una cosa es reclamar seguridad y otra muy distinta convertir cada caso de alto impacto en una sentencia contra todo un país.
En este episodio en particular, el elemento central que ha surgido de la investigación no es la ausencia de una patrulla frente a la residencia ni un desconocido que irrumpió desde la calle. La investigación apunta a personas que habrían tenido acceso previo al entorno de la familia y que, presuntamente, se aprovecharon de esa cercanía.
Por eso sería demasiado simple utilizar esta tragedia únicamente como prueba de que “la delincuencia se apoderó de República Dominicana”. Aquí también hay una dura lección sobre la confianza, el acceso y la selección de quienes permitimos entrar a nuestro círculo más íntimo.
No se trata de exonerar al Estado de su responsabilidad. La seguridad pública es una obligación de las autoridades y debe ser fortalecida permanentemente. Tampoco significa minimizar los hechos delictivos que preocupan a la población. Significa analizar cada caso por sus características y evitar conclusiones generales que no necesariamente explican lo ocurrido.
La confianza también debe administrarse.
Conocer a alguien durante años, haberle dado trabajo, compartir una mesa o permitirle entrar a nuestra vivienda no representa automáticamente una garantía de lealtad. Quien tiene acceso privilegiado también puede conocer cuándo estamos solos, cuáles son nuestras rutinas, qué mecanismos de seguridad utilizamos y dónde se encuentran nuestras pertenencias.
Ese conocimiento, en manos equivocadas, puede convertirse en una vulnerabilidad.
Por eso la prevención no comienza únicamente cuando vemos una patrulla en la esquina. También comienza dentro de nuestras casas: estableciendo límites, protegiendo información personal, controlando accesos, cambiando códigos cuando sea necesario y siendo cuidadosos con las personas a quienes entregamos confianza absoluta.
La tragedia de Julián Oro Duro y su esposa deja una imagen especialmente dolorosa: personas cercanas al entorno familiar terminaron señaladas por las autoridades dentro de la investigación de un hecho que concluyó con una mujer sin vida y un artista herido.
Ahí está la reflexión.
Podemos exigir más policías, más cámaras, mejor inteligencia y mayor persecución del delito. Todo eso es necesario. Pero hay una parte de nuestra seguridad que ningún Estado puede asumir completamente por nosotros: decidir quién entra a nuestra vida y hasta dónde llega su acceso.
Y tampoco debemos permitir que cada tragedia sea utilizada automáticamente para desacreditar a República Dominicana o presentar al país como un territorio dominado por el crimen. Los problemas de seguridad deben denunciarse y enfrentarse, pero también analizarse con contexto y responsabilidad.
En este caso, además de un hecho criminal, hubo algo profundamente humano que aparentemente fue quebrantado: la confianza.
A veces el peligro no fuerza una puerta.
A veces conoce la combinación.
A veces sabe a qué hora llegas.
Y, en los casos más dolorosos, el mayor riesgo no está esperando afuera: está sentado a tu mesa.
Las responsabilidades atribuidas a las personas investigadas constituyen alegaciones y deberán ser determinadas por los tribunales.








